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Deseos que se escurren

Tiempo de lectura: 4 minutos

Vivimos, deseamos, perseguimos nuestros sueños, nos dejamos llevar, sobrevivimos, superamos, nos dolemos, cicatrizamos, disfrutamos… La vida está llena de etapas muy distintas unas de otras. Si tenemos el privilegio de vivir muchos años, tenemos tiempo para los más variados sentimientos. Hay tiempo para todo a lo largo de la vida. Sin embargo hay algo que siempre está allí y cuando falta enfermamos. Lo que siempre está allí es el deseo. Es deseando que buscamos, tomamos decisiones, priorizamos… La falta de deseo es lo que ocasiona aquello que los psiquiatras llaman depresión. Uno no tiene ganas de nada, está hundido y no es capaz de levantarse. Vive sin ganas de vivir. No desea, está decepcionado con la vida. Quizás también consigo mismo.

Pero de lo que quiero hablaros hoy es del deseo. Más que el deseo es la fantasía que le ponemos. Cuando deseamos algo, le damos un valor por encima de la realidad. Ponemos en aquello deseado muy grandes expectativas. Soñamos en el momento de que seamos poseedores de la carrera universitaria de nuestros sueños, aquel/la chico/a que ha imnotizado nuestros pensamientos, aquel coche que durante largo tiempo hemos imaginado conducir, aquel viaje que tantas veces hemos querido planear, aquel trabajo que por fin nos hiciera sentir realizados, aquel gadget que nos aportara todo aquello que el marketing ha conseguido vendernos tan bien… De sueños hay muchos. Desear es bueno y necesario. Pero, ¿Por qué razón ponemos tan altas expectativas a nuestros deseos? ¿Por qué cuando conseguimos lo deseado quedamos insatisfechos?

Sea lo que sea que desearas ayer y hoy posees, ha perdido el valor que tenía cuando era deseado. Es como si buscaramos algo definitivo, algo que suponga un punto de inflexión en nuestra vida. Que hubiera algo que realmente permaneciera, y no se esfumara.

Ahora me gustaría dejaros una pregunta que ronda por mi cabeza y que es la causa de este post. ¿No es posible que tengamos un anhelo de eternidad (y por tanto de Dios) y que ese anhelo sea completamente imposible satisfacerlo? ¿Si así fuera, cuál es la causa?

Timothy Keller, en su libro “La razón de Dios”, lo expresa de esta forma:

¿No es, pues, el deseo no satisfecho suscitado por la belleza, un deseo innato? Anhelamos experimentar amor, gozo, belleza, que son sentimientos que en ninguna forma van a poder satisfacer la comida, el sexo, la amistad, o el éxito. Anhelamos algo que nada en este mundo va a poder satisfacer. ¿No constituye eso un indicio de la existencia de ese “algo”que queremos? Ese deseo que no puede en manera alguna satisfacerse es lo que entendemos como un deseo humano innato y profundo, siendo uno de los principales indicios que apuntan a la realidad de Dios.

Si tenéis ganas de encontrar un diálogo abierto sobre la fe cristiana os recomiendo el libro de Keller. El habla, en uno de los capítulos, de los indicios de Dios. Distintas cosas que hacen que nos planteemos seriamente la existencia de Dios. No hay pruebas irrefutables, que puedan probarse científicamente sobre la existencia de Dios. Pero hay buenos indicios. Uno de ellos es este.

Pero volvamos al tema de esa insatisfacción que dejan los deseos cumplidos. Nada da la talla de lo que inicialmente esperábamos. Podemos llevar mejor o peor esa frustración, pero allí está de todas maneras.

En el libro de los Salmos encontramos algo que expresa perfectamente esta “insoportable levedad del ser”:

Los arrastras como una inundación,
Son como un sueño al amanecer,
Como la hierba que crece:
A la mañana reverdece y florece,
A la tarde se marchita y se seca.
Salmos 90:5-6

Lo que nos viene a decir este salmo es que hay una causa de que nuestra vida sea como es. Esa frustración, ese deseo que siempre deja un sabor agridulce cuando lo soñado se convierte en una realidad alcanzada, tiene un por qué. Estamos divorciados de Dios. El muestra su indignación con nosotros. El sigue manteniendo el orden del mundo, continúa haciendo rodar la tierra para que cada mañana asome el sol, seguimos disfrutando de incontables regalos. Pero nuestra vida se inunda, somos arrastrados por una inundación que va cada vez a más y que no tiene pinta de solucionarse. Somos como un sueño que se esfuma en el olvido nada más levantarnos. Como la hierva que crece hermosa para pronto marchitarse.

Vivimos en tiempos revueltos. La ideología reinante ha sido la del consumismo. El consumismo nos permitía ir de un deseo a otro. Nos brindaba el espejismo de silenciar la frustración que dejaba el cumplimiento de un deseo, despertando uno nuevo. Los nuevos sueños, metas y productos no tiene fin. ¿Nos sirve esta maniobra?

Fijaros bien en estas palabras de Jesús:

No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones irrumpen y hurtan, sino acumulaos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no irrumpen ni hurtan,
porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.
Mateo 6:19-21

Puedes poner todo tu empeño en ir tras tus sueños. Sin duda lograrás muchas cosas. Quizás logres realizarte profesionalmente, pero llegara el día de tu jubilación y eso será duro de asimilar cuando toda tu vida ha girado en torno a tu trabajo y tus logros. Puede que pienses que es mejor enfocarte en las relaciones humanas, sin duda eso es gratificante. Pero es un trayecto en el que vas a encontrar muchos desencuentros, muchas frustaciones, muchas despedidas… Igualmente vale la pena, vale la pena saborear ese pescado aunque tenga espinas. Pero siempre quedará en ti un profundo e inconfundible sentimiento de soledad, aunque cuentes con las mejores relaciones. ¿Qué perseguir? Si nada satisface quizás sea mejor buscar las satisfacciones que trae el dinero. Pero una vez más siempre te quedará el ansia de querer más, de perseguir lo que te falta. No hay meta al final del camino.

No trato de demonizar la vida y sus cosas, lo que trato de hacer es invitaros a pensar si no será que le ponemos a esta clase de deseos un valor que solo Dios puede dar. Creo que ese es el problema.

No hay mejor desenlace para el tema que nos ocupa que compartirte algo que dijo Jesús:

Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se hará en él una fuente de agua que brota para vida eterna.
Juan 4:13-14

Fotografía de Zyllan Fotografía bajo licencia Creative Commons

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