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Dios puso el placer bajo Creative Commons

Tiempo de lectura: 3 minutos

He detenido mi lectura del libro” Sexo y dinero” de Paul David Tripp, para compartiros algo.

No se si conocéis la licencia Creative Commons. Si habéis ido leyendo los post que aquí se encuentran habréis podido ver que al final, en muchos de ellos, ponemos que la imagen utilizada en el post es de alguien y está bajo licencia Creative Commons. Este tipo de licencia se diferencia del Copyright, ya que nació precisamente para aportar un marco legal en el que el autor otorgaba el derecho de usar su contenido (libro, música, imagen, web…) siempre y cuando se den una serie de condiciones. Las más comunes suelen ser la de necesidad de atribuir la fuente original y la de que no haya beneficio comercial. El Copyright sin embargo precisa de un permiso específico para que se pueda usar dicho material (y muchas veces el autor requiere una compensación económica).

Dios creó todo lo que existe. Y amigos, creo que a todos nos es evidente que estamos rodeados de fuentes de placer. Desde el sonido de la naturaleza de un entorno salvaje hasta una conversación disfrutada en una cafetería en medio del bullicio de una gran ciudad. Vivimos en un mundo de placer. Y nosotros tenemos sentidos que nos sirven para experimentar el placer.

Bien, puede que alguno piense. ¿No significa eso que Dios nos ha puesto el caramelo en los labios para luego prohibirnos tomarlo?

Es interesante ver que esta pregunta ya sale en las primeras páginas de la Biblia, en el relato de la creación y la caída del ser humano.

Y dijo a la mujer: ¿Conque Dios ha dicho: No comáis de ningún árbol del huerto?
Y dijo la mujer a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer,
pero del fruto del árbol que está en medio del huerto, ha dicho Dios: No comáis de él ni lo toquéis, para que no muráis.
Génesis 3:1-3

Es decir, Dios pone un gran abanico de árboles y prohibe comer del fruto del que hay en el centro. Pero en seguida vino esa pregunta: “¿Osea, Dios os pone todo esto y os dice que no podéis comer de ningún árbol?” ¿Os pone todo este arsenal de placeres y os priva de disfrutarlos?

Había un fruto prohibido, que es llamado el del conocimiento del Bien y del Mal. Era el árbol que estaba en el centro del huerto. Fue así como el ser humano (hombres, mujeres y viceversa), pasó a ser el centro del universo, pasando a ser su propio juez para medir lo bueno y lo malo. Entró allí el juez subjetivo y múltiple. Cada uno juzgando lo suyo propio, decidiendo y barriendo para su propia casa. El choque de trenes, y de subjetividades, ha resultado ser dramático. Y el juicio justo inexistente.

Y es que Dios puso al placer algo así como una licencia Creative Commons. Era necesario atribuir al autor su obra, reconocérsela y agradecersela. El lo puso allí para que lo usaramos, para que lo disfrutaramos. No se requería un permiso escrito para su utilización. Eso si, había una restricción: el árbol del centro.

Por otro lado su obra no podía usarse para fines comerciales. Es decir, Dios dió el placer para ser disfrutado, pero no para alimentar y engordar las arcas del egoísmo y la autosatisfacción.

En la actualidad tenemos una idea del placer muy limitada. Muchas veces hablamos de placer cuando estamos hablando de evasión, avaricia o egoísmo. El problema es que nuestros sentidos se han ido adormeciendo al placer. Es como aquel cubata de garrafón que te cuelan en la disco en las fechas señaladas. El placer va diluido con otras muchas cosas. Ha sido abaratado y adulterado.

Entonces, ¿Es Dios el gran represor que por naturaleza todos tenemos en mente o somos nosotros los que hemos tirado por la borda el disfrutar su gran obra de arte?

Es este Dios, el creador del placer, el que hace algo más de 2000 años pisó nuestro mundo como un niño, vivió como humano, e hizo lo que ningún hombre ha podido hacer en toda la historia: morir para darnos vida.

Ah, por cierto… La imagen es de F. Antolín Hernández bajo licencia Creative Commons.

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