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Mirar hacia el otro lado

Tiempo de lectura: 3 minutos

A ver, que no estoy tan mal. Tengo que guardar reposo y me estoy recuperando de una tonta y vergonzosa caída. Puedo apoyar algo el pie, y tengo algunas molestias, pero más vale que me tome en serio la recuperación, o tendré lesión para largo.

Un buen amigo me prestó unas muletas, algo fundamental, de lo contrario mis paseos al metro serían una agonía, ya que al no apoyar bien el pie, apoyo partes del pie que se terminan agotando, y los músculos que no están diseñados para sostener todo el pie se acalambran con el esfuerzo.

Lo interesante son las cosas que estoy aprendiendo de ir por la vida con muletas:

1. Andar con muletas es un arte. Vale la pena fijarte bien en cómo colocar el peso, coordinar el paso, mantener el ritmo.
2. Caminar con muletas es un ejercicio intenso. Me pongo a sudar como un pollo, noto el agotamiento en los músculos, tríceps, pectorales, antebrazos….. ¡me voy a poner hecho un toro!.
3. Cómprate unos guantes. Fui a El Corte Inglés y me compré por 9,95 Eur unos guantes de ciclismo de buena calidad, con almohadillas en las zonas que entrar en contacto con la agarradera de las muletas.
4. Cuando vas con muletas te vuelves invisible. Para la gente que camina por la calle eres un obstáculo, una especie de molestia que detiene su velocidad, para la gente que va en el metro eres un ser invisible. A esto le quiero dedicar un tiempo.

Las crónicas del hombre invisible.

Como he dicho no estoy mal, podría estar de pie en el viaje en Metro, es más molesto que para una persona normal, me canso antes, pero nada que sea insoportable. No obstante mi aspecto con mis muletas es el de alguien en peores condiciones.

Hoy entré el el vagón y todos los asientos estaban ocupados. Quise irme al fondo, un sitio discreto (y cómodo, porque puedes apoyar la espalda en la pared) pero ya había personas leyendo. Así que me quedé en el centro, donde está la barra horizontal y comencé a notar como todos los que estaban sentados, de manera sincronizada, desviaban la mirada.

En el Metro hay sitios habilitados para embarazadas y para falsos cojos, como yo, es por eso que otros miraban fijamente a los que con toda tranquilidad ocupaban esa plazas sagradas. Tras unos segundos de desconcierto, y con mis muletas señalando sus conciencias, una mujer de otra fila más distante de asientos me cedió su sitio. Yo no sabía qué decir:

-Le agradezco mucho su gesto, en realidad me hice daño jugando al láser combat en la Campus Mac, no es tan grave como parece.

NO, no podía decir eso.

-¡Escuchad conciencias culpables!, ¡mirad el ejemplo de esta noble mujer de Hispania, cediendo un sitio que por derecho era suyo para que yo, pobre tullido, lo ocupe!, ¡escuchad, vosotros que con vuestras nalgas mancilláis ese lugar consagrado a matronas, venerables ancianos, o míseros como yo!, ¿acaso no os da vergüenza robar al menesteroso?, ¡yo os acuso, gentes ruines y mezquinas que no merecéis el nombre de humanos!, vosotros que….

NO, tampoco podía decir eso.

Esta es la triste historia de la humanidad. Es más fácil mirar para otro lado, que ceder tu lugar al que lo necesita. Espero que cuando me libre de mis muletas no olvide la lección.

Pienso en el Señor Jesús, Él no miró al otro lado al ver un mundo hecho pedazos por la maldad y la injusticia. Él se presentó voluntario, dijo “envíame a mí”. Se levantó de su sitio y se acercó a nosotros, y cargó con nuestro problema.

Hizo mucho más que “ceder” un sitio”, Él sufrió en la cruz el castigo por nuestro pecado, para que nosotros, libres de nuestra sentencia condenatoria, pudiéramos ocupar una plaza en primera clase. Esa primera clase que es un lugar cerca de la fuente del Gozo y la alegría verdadera: Dios.

Por Converso

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