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Jueces y mentores

Tiempo de lectura: 3 minutos

Con tanto canal de televisión y tan poca variedad de programación no es difícil engancharse a alguna serie o show de moda. Y hay que reconocerlo, en los últimos años la lucha por la cuota de pantalla se lidia entre fogones, entre los títulos más conocidos Masterchef, Topchef, Pesadilla en la cocina, Deja sitio para el postre, Cocineros por el mundo, etc. Un menú completo de posibilidades que ya enlaza las cuatro estaciones del año. Además si consideramos la gama de canales adicionales que nos presenta la oferta de hoy tendremos serias dificultades en cuadrar nuestros horarios para hacer frente a toda la oferta.

En fin, no me andaré por las ramas, os confieso que soy uno más, con el permiso de los documentales de la dos (como se suele decir), debo decir que también soy de los que disfruto comiendo unos sencillos macarrones con carne mientras veo que otros preparan un Soufflé de langosta con láminas de trufa negra. Y en este día me permito el lujo de opinar, sin ser Matt Preston, de que toda la oferta que existe de este formato la edición australiana de Masterchef se merece un reconocimiento después de haberse desmarcado claramente del talante instigador que existe en sus versiones española y estadounidense. En ambas parecen demostrar más pasión en echar leña al fuego entre los concursantes que en apoyarles en sus aspiraciones. En mi opinión la versión australiana demuestra que es posible mantener el espectáculo del concurso sin rebajar ni un ápice la pedagogía culinaria. Y es precisamente ese equilibrio lo que deja entrever algunas situaciones curiosas como el comentario que hizo uno de los jueces, George Calombaris, tras dar a conocer la pareja que se enfrentaría a la prueba de eliminación a pocos capítulos del final.

Los ocho finalistas acababan de cocinar en equipos de dos a pocos metros del Sena frente a la catedral de Notre-Dame en París. Un cuadro perfecto si no fuera porque había llegado el momento de escuchar el veredicto de tres jueces que acabarían con el sueño de al menos uno de los concursantes. Tras revelar el equipo perdedor, Joanne y Jonathan dieron un paso al frente en silencio pero visiblemente hundidos por la situación de impotencia, ya no era posible volver atrás. En ese momento George, uno de los jueces se sinceró: “Para nosotros es duro porque estamos aquí observándoos y aunque nos han contratado como jueces también somos vuestros mentores”.

Esa frase me cautivó porque rompe completamente con la figura de juez que muchos tenemos en mente. De hecho, en cualquier otra edición de este programa los jueces no salen del guión de caras serias y molestas que acompañan de frialdad sus decisiones finales. Sin embargo, el  auténtico mentor busca lo bueno para su alumno, quiere que aprenda a construir y si eso le implica tener que sufrir que sea para su propio crecimiento pero no se complace en su mal. Le acompaña en su camino con el fin de que obtenga lo mejor y no hay nada mejor que la vida. ¿Se puede entonces ser mentor sin dejar de ser juez? Según Masterchef sí y según la Biblia también:

’Vivo yo’ –dice Dios- ‘que no me complazco en la muerte del impío, sino en que el impío se aparte de su camino y viva” (Ezequiel 33:11). Una de las perlas que se pueden encontrar a través de esas páginas antiguas que siguen hablándonos de cosas actuales. Curioso que a veces tengamos la percepción de Dios como alguien insensible, frío y calculador a quién parece gustarle ensañarse con los seres humanos cuando en realidad no hay quien disfrute más haciéndolo que nosotros mismos.

Pero si dejamos de dar por sentado todo lo que recibimos por herencia, cultura y tradición acerca de Dios descubriremos que incluso ese ser desconocido llega a desvelar su más sincero deseo: “quiere que todos se salven” (1ª Timoteo 2:3), cosa difícil de ver incluso en Masterchef, que aún siendo un concurso televisivo sólo se permite salvar a uno.

By Axioma.

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