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¿Son fiables los Evangelios?

Tiempo de lectura: 4 minutos

¿Son fiables los Evangelios? Sin duda es un tema importante para pensar e investigar, ya que lo que nos cuentan tiene fuertes implicaciones. Hace unos días me topé con estos argumentos que da William Hendriksen en su Comentario del libro de Mateo. El autor pasa a decir lo que os comparto a continuación después de haber hecho un repaso de diferentes argumentos de teólogos liberales, los cuales no confían en la fiabilidad de los Evangelios ni en todo aquello que es sobrenatural en estos…

a. El testimonio de testigos que vieron y oyeron, y de sus discípulos respecto de que Jesucristo es realmente el Señor resucitado y viviente.

b. El hecho de que este testimonio es muy próximo a los hechos, demasiado próximo como para que el folklore hiciera su efecto en él o para que los mitos paganos hubieran influido sobre la predicación de quienes proclamaban al Cristo resucitado. Por ejemplo, tenemos los cuatro Evangelios. El primero de los cuatro por tradición unánime se atribuye a Mateo, uno de los doce discípulos de Cristo. Un ejército de testigos de los primeros años declara que Marcos, con cuyo nombre se relaciona el segundo Evangelio, era “el intérprete de Pedro”, apóstol y testigo. El nombre de Pedro se menciona en primer lugar en cada lista de los doce apóstoles (Mt. 10:2–4; Mr. 3:16–19; Lc. 6:14–16; Hch. 1:13). Lucas, aunque él mismo no fue un testigo ocular de la historia de Jesús, hace mención especial del hecho de pertenecer al número de hombres que recibió su información de quienes “desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra” (Lc. 1:1, 2). Y aun el último de los cuatro Evangelios, el de Juan, evidentemente fue escrito por un judío palestino, un testigo ocular que tenía un conocimiento detallado de la topografía palestina, particularmente de Jerusalén y sus proximidades inmediatas, y del templo. El carácter primitivo de este Evangelio ha sido confirmado por los descubrimientos arqueológicos. Además, los arameísmos presentes en los cuatro Evangelios crean una presunción en favor de su origen primitivo. ¡Los cuatro proclaman al Cristo resucitado! En consecuencia, antes que alguien tenga el derecho de rechazar lo que estos Evangelios nos dicen acerca de Jesucristo—su origen, su ser exaltado, sus milagros, su muerte expiatoria, su resurrección, etc.—tendrá que presentar evidencias de que en ellos no se refleja el testimonio de los primeros testigos.

Además, concordando completamente con la información acerca del Salvador resucitado y eternamente vivo, está el testimonio del apóstol Pablo; por ejemplo, el que se encuentra en 1 Co. 15. Se reconoce comúnmente que fue ciertamente el apóstol Pablo quien escribió 1 Corintios. Con toda probabilidad esta epístola fue escrita en algún momento entre los años 53 y 57 d.C., esto es, apenas un cuarto de siglo después de la muerte de Cristo. Sin embargo, ya en ese tiempo el apóstol da un testimonio enfático de su fe en el Salvador resucitado (1 Co. 15:20). No solamente eso, sino que se refiere a una visita a Corinto hecha aún antes (probablemente entre los años 51 a 53), ocasión en que los corintios habían aceptado a este Cristo resucitado como su Salvador y Señor (15:1). Aun más significativo es el hecho que Pablo nos informa en este capítulo (15:6) que las “apariciones” del Cristo resucitado, de las cuales menciona varias, incluyeron también la a “más de quinientos hermanos juntos”. Agrega, “de los cuales muchos viven aún, y otros ya duerman”.

c. El hecho adicional que, según toda la evidencia que poseemos, ninguno de los primeros testigos esperaba la resurrección de Cristo. Ante la muerte de su Maestro todos se llenaron de temor y se entregaron a una completa desesperación. Sin embargo, pocos días después proclaman osadamente al Señor resucitado.

d. El surgimiento rápido, crecimiento dramático, y poder e influencia mundial de la iglesia, el cuerpo de Cristo (Mt. 28:19; Jn. 11:48; 12:19; Hch. 1:8; 17:6; Ef. 3:9; 1 Ts. 1:8–10; 1 Jn. 5:4).

Ahora bien, todo esto señala claramente a la única causa que da cuenta adecuada de tan asombrosos resultados. Señala al hecho de que existió, y existe, realmente una persona como Jesucristo, el Hijo de Dios, quien vino del cielo a buscar y a salvar lo que se había perdido, y quien envió sus embajadores, los apóstoles y los que les siguieron inmediatamente, para que dieran testimonio de la gloriosa redención consumada por Dios a través de los sufrimientos y la muerte de su Amado. Concuerda con el hecho de que fue ciertamente este Cristo quien, “después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables” (Hch. 1:3).

Por supuesto, en último análisis es completamente verdadero que uno debe proceder a partir del supuesto de la fe. Si uno se niega a aceptar las “pruebas” de que habla Hechos, no se le puede obligar a aceptar la validez de ellas. Así también, quien rechaza lo sobrenatural— incluidos la deidad de Cristo, su poder de obrar milagros, y su resurrección—procede a partir de una presuposición definida: la de la incredulidad. Sin embargo, hay una vasta diferencia entre estas dos presuposiciones. Basados en la presuposición de la fe, adquieren sentido los informes acerca de Jesucristo y la iglesia que él estableció. La historia es coherente: el Hijo de Dios realiza actos en los cuales se exhíbe su divinidad. Llega a vencer la muerte. Con divino poder, sabiduría y amor, establece su iglesia, y la guía a la meta a que está predestinada. Por otra parte, sobre la base de la incredulidad queda excluido lo sobrenatural. En consecuencia, si Jesús vivió en la tierra, no realizó milagro alguno, ni resucitó de entre los muertos.

Además, según esta teoría, los diversos testigos hicieron un cuadro de Jesús que es una mezcla de historia y mitología. Los “más de quinientos hermanos” que se dice vieron al Cristo resucitado fueron víctimas de una alucinación masiva o de alguna otra forma de engaño masivo. Y queda completamente sin explicación el surgimiento repentino de la iglesia, su crecimiento dramático y su poder que fue capaz de trastornar el mundo.

William Hendriksen

Comentario Biblico Mateo

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