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Redefiniendo el pecado (3)

Tiempo de lectura: 5 minutos

Seguimos con la tercera parte (ver parte 1 y parte 2) del capítulo del libro de Tim KellerThe Prodigal God. La base del libro de Keller y de este capítulo está en una de las parábolas más conocidas de Jesús: Lucas 15:1-3, 11-32.

Bajo 2 patrones tan diferentes de conducta está la misma motivación y objetivo. Ambos están usando al padre de formas diferentes para conseguir las cosas en las que sus corazones están interesados. Era la riqueza, y no el amor del padre, lo que ambos creían que les haría felices y completos, personas plenas.

Al final de la historia, el hermano mayor tiene una oportunidad para deleitarse de verdad en el padre entrando en la fiesta. Pero su rechazo lleno de resentimiento muestra que la felicidad de su padre nunca había sido su objetivo. Cuando el padre recibe al hijo menor, ante la limitación a la parte de su herencia que eso implicaba, el corazón del hermano mayor se muestra tal cual es. Hace todo lo que puede para dañar y resistir a su padre.

Si, como el hermano mayor, buscas controlar a Dios a través de tu obediencia, entonces toda tu moralidad no es más que una forma de usar a Dios para que te de las cosas que realmente quieres. Un ejemplo clásico de esto es el trato que el joven Salieri hace con Dios en la película de Peter Shaffer Amadeus:

“Te ofrecería en secreto la oración más orgullosa que un niño puede imaginar. “Señor, ¡hazme un gran compositor! Déjame celebrar tu gloria a través de la música –y que me celebren a mí también! Hazme famoso en todo el mundo, querido Dios. Hazme inmortal. Haz que, después de mi muerte, la gente mencione mi nombre para siempre con amor por lo que he escrito. A cambio, yo te daré mi castidad, mi industria, mi más profunda humildad, cada hora de mi vida. Y ayudaré a mi prójimo todo lo que pueda. Amen y amén.”

Empieza una vida bajo esta promesa a Dios. Mantiene sus manos lejos de las mujeres, trabaja diligentemente como músico, enseña a muchos músicos gratis, y ayuda a los pobres de forma incansable. Su carrera va bien y cree que Dios está cumpliendo su parte del trato. Entonces aparece Mozart con dones musicales mayores que los de Salieri. Su genio le había sido claramente otorgado por Dios. Amadeus, el segundo nombre de Mozart, significa “amado por Dios”, y sin embargo es un vulgar y auto-indulgente “hermano menor” El abundante talento que Dios le dio a Mozart lleva a una crisis de fe al corazón de “hermano mayor” de Salieri. Sus palabras son muy parecidas a las del hermano mayor en la parábola:

“Era incomprensible… Allí estaba yo, reprimiendo toda mi lujuria natural para merecer el don de Dios y allí estaba Mozart desparramando la suya en todas direcciones –incluso cuando se había comprometido para casarse- y sin castigo alguno!”

Al final, Salieri le dice a Dios, “De ahora en adelante, tú y yo somos enemigos” y desde ese momento trabaja para destruir a Mozart. Tristemente, en la película de Shaffer, Dios está en silencio, a diferencia del padre de la parábola de Jesús, que sale de la fiesta para rescatar al hermano mayor aun cuando éste empieza a caer en la amargura, el odio, y la desesperación que finalmente acabó con Salieri.

Los grandes esfuerzos de Salieri para ser casto y caritativo mostraron ser profundamente interesados. Dios y los pobres eran sólo instrumentos útiles. Se dijo a si mismo que estaba sacrificando su tiempo y dinero para el bien de los pobres y la gloria de Dios, pero no era verdad. Lo estaba haciendo para su propia gloria, para obtener fama, fortuna, y auto-estima, “Me gustaba a mi mismo” dijo Salieri, “… hasta que apareció él, Mozart

En el momento en que se da cuenta de que su servicio a Dios y a los pobres no le iba a dar la gloria que tanto deseaba, su corazón se convirtió en asesino. Pronto el moral y respetable Salieri se muestra capaz de males peores que el vulgar e inmoral Mozart. Mientras que el Mozart de Amadeus no es religioso, es el devoto Salieri el que acaba más alejado de Dios, igual que en la parábola de Jesús.

Esta mentalidad puede estar presente en una forma más sutil que en la vida de Salieri. Conocí a una mujer que había trabajado muy duro en un ministerio cristiano. Cuando le llegó una enfermedad crónica en la mediana edad, la llevó a la desesperación. Finalmente se dio cuenta de que en lo más profundo de su corazón Dios le debía una vida mejor, después de todo lo que ella había hecho por Él. Esa asunción le hizo extremadamente difícil salir de ese hoyo, por muchos saltos que diera. La clave para mejorar, sin embargo, estaba en reconocer esa mentalidad de “hermano mayor” en su interior.

Los hermanos mayores obedecen a Dios para obtener cosas de Él. No obedecen a Dios para obtener a Dios mismo – para parecerse a Él, amarle, conocerle, y deleitarse en Él. De la misma manera la gente religiosa y moral necesita a Jesús como Señor y Salvador tanto como los hermanos menores que dicen no creer en Dios y definen el bien y el mal ellos mismos.

Aquí tenemos, pues, la definición radical de Jesús de lo que está mal con nosotros. La mayoría de gente define el pecado como romper una lista de reglas. En cambio, Jesús nos muestra cómo un hombre que prácticamente no ha violado ningún mandamiento moral de la lista puede estar tan perdido espiritualmente como la persona más libertina e inmoral. ¿Por qué? Porque el pecado no es sólo romper las reglas, sino ponerte a ti mismo en el lugar de Dios como Señor, Salvador y Juez de la misma manera que cada hijo busca desplazar la autoridad de su padre en su propia vida.

El joven Salieri se hubiera opuesto de forma rotunda si alguien le hubiese dicho que estaba haciendo esto. Por ser casto y caritativo, ¿no estaba cumpliendo la voluntad de Dios en vez de la suya propia, no estaba honrando y sometiéndose a Dios? Pero al buscar poner a Dios en deuda y obtener el control sobre Él a través de sus buenas obras – en vez de confiar en su gracia gratuita- estaba actuando como su propio salvador. Cuando se convirtió en alguien lleno de amargura hacia Mozart, seguro de que Dios estaba siendo injusto, se estaba poniendo a si mismo en el lugar de Dios el Juez.

Hay 2 maneras de ser tu propio Señor y Salvador. Una es rompiendo todas las leyes morales y viviendo a tu manera, y otra es cumplir todas las leyes morales y ser muy, muy bueno.

Continuará…

Fuente: A tiempo y a destiempo

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