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La condición humana

Tiempo de lectura: 4 minutos

Por David F. Burt

¿Qué sentido tiene la vida? ¿De qué va? ¿Sabe alguien decirnos por qué estamos aquí, cuál es el propósito de nuestra existencia y para qué hemos nacido?

Mientras escribo estas líneas (6 de septiembre de 1997), están enterrando a Diana de Gales, ceremonia que, según dicen, está siendo contemplada por 2.500 millones de tele-espectadores en el mundo entero. La celebración de una vida y una muerte.

¿Pero qué significado ha tenido la vida de la princesa? ¿Cómo explicar la morbosa obsesión de tantos millones de personas? ¿Acaso nos vemos reflejados en ella? ¿Sirve ella como espejo de nuestras miserias y grandezas?

¿Es un mito? ¿La mujer que encarnó las virtudes y las desgracias de toda una época? ¿La chica humilde y desconocida (¡bueno, relativamente!) que escaló a las alturas de los cumbres sociales para luego caer estrepitosamente?

Luces y sombras. Buenas intenciones y altas expectativas, unidas al fracaso matrimonial y al trágico accidente en París. Vida de glamour y muerte desfigurada. Una madre ejemplar, según dicen, que no obstante muere lejos de sus hijos. Dechado de compasión que abraza tiernamente a niños enfermos, pero luego se entrega a abrazos ilícitos. Nobles obras humanitarias y amoríos clandestinos. Grandes éxitos de cara al público, pero un fuerte sentimiento de frustración y fracaso en la intimidad del corazón.

Objeto predilecto de la prensa rosa, icono de popularidad, modelo seguido por millares; pero también mujer profundamente sola, que se dedica, como otro ser humano cualquiera, a la patética búsqueda de aceptación y afecto.

Ella misma, en una famosa frase que quizás proyectara su propio estado anímico, dijo: La mayor enfermedad que este mundo padece es la de la gente que no se siente amada.1

¡No sentirse amado! Vivir rodeado de multitudes y sentir que no hay nadie que te entienda, nadie que te quiera, nadie que vele por ti. Al menos, Diana muere ante la mirada aparentemente desconsolada de miles de millones. Tú y yo, en cambio, moriremos llorados… ¿por quienes? Quizás un puñado de seres queridos, muchos de los cuales tendrán demasiadas preocupaciones personales como para dedicarnos muchos pensamientos después del entierro.

No sabéis cómo será vuestra vida mañana. Sólo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece (Santiago 4:14).

Vi además que bajo el sol no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla; y que tampoco de los sabios es el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que el tiempo y la suerte les llegan a todos. Porque el hombre tampoco conoce su tiempo: como peces atrapados en la red traicionera, y como aves apresadas en la trampa, así son atrapados los hijos de los hombres en el tiempo malo cuando cae de repente sobre ellos (Eclesiastés 9:11-12).

¿Cuál, pues, es el propósito de nuestra existencia? Desde luego, en principio, la vida nos ofrece un sinfín de experiencias, situaciones y relaciones potencialmente muy enriquecedoras. Pero mucha gente, quizás la gran mayoría, descubre que aquello que empezó de una manera prometedora acaba en aspiraciones frustradas y relaciones deterioradas. Como consecuencia, se desilusionan con todo intento de encontrar un sentido trascendente en la vida y se entregan a una vivencia superfi cial de evasiones, placeres y diversiones: el trabajo, los pasatiempos, la sensualidad, las alegrías efímeras de una vivencia sin sentido. ¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos! (1 Corintios 15:32).

Mientras seguimos subiendo la escalera social, en los estudios, en el trabajo o en nuestro círculo de amistades, quizás no nos planteemos siquiera estas preguntas. Vivimos de la renta emocional de la misma escalada. El siguiente peldaño parece ofrecernos sufi ciente razón por la cual vivir. Tenemos la
sensación de ser algo, de tener una vida con dirección y propósito. Pero todos pasamos alguna vez por la experiencia de preguntarnos: ¿Qué hago aquí?

¿Qué sentido tiene la frenética carrera de la vida? ¿Adónde voy a parar? Y, muchas veces, los que llegan a la cúspide de su escalera particular sienten, al superar el último peldaño, el profundo vacío de no tener ya más metas ni aspiraciones. Otros conocen la amarga experiencia de gritar: ¡Aquí estoy yo!, para descubrir luego que nadie les ha escuchado.

Algunos pretenden dar sentido a su vida realizándose en su carrera profesional. Otros en su familia. Otros lo buscan en el amor o en diferentes relaciones afectivas o sentimentales en los cuales pueden sentirse (1) aceptados. Pero, quien más quien menos, todos descubrimos que estas cosas, aunque muy hermosas en sí, no nos satisfacen plenamente; o, en el mejor de los casos, sólo nos proporcionan una satisfacción transitoria.

¿Estamos condenados, pues, a morir sintiendo que nunca hemos sido amados como quisiéramos, temiendo que no hemos desarrollado nuestro potencial y sabiendo que pronto seremos olvidados? ¿Estamos condenados a no encontrar ningún sentido en la vida?

No. El cristiano sabe que hay respuesta a estas preguntas. Los que no la encuentran es porque buscan en el lugar incorrecto e intentan apoyar su vida sobre fundamentos incapaces de sostenerla.

Declara el Señor:… Dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua (Jeremías 2:12-13).

Hay uno solo que puede satisfacer nuestras aspiraciones más profundas de amor, comprensión, aceptación y realización. Hay uno solo que puede dar sentido a la vida. Es Dios mismo. Desconocerle es perder el sentido de la vida; conocerle es descubrir una nueva dimensión de vida, la vida eterna: No confiéis en príncipes, ni en hijo de hombre en quien no hay salvación…

Bienaventurado aquel… cuya esperanza está en el Señor su Dios, que hizo los cielos y la tierra,… que hace justicia a los oprimidos, y da pan a los hambrientos (Salmo 146:3-7).

Alzando los ojos al cielo, Jesús dijo:…Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:1-3).

1 Revista Time, 8 de septiembre de 1997, pág. 24

Este post es el primer capítulo del libro “¿Se puede conocer a Dios?” de David F. Burt. Publicado con el permiso del autor.

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